lunes, 20 de mayo de 2024

 

¿“Qué es lo que pasa conmigo”?

Que a mí, la teoría me limita. Yo lo cuestiono casi todo, porque no quiero que me impongan nada. Yo quiero expresar mi alma creativa. Hace años que quiero empezar a usar la práctica, mientras decía amar la teoría. Pero ahora me doy cuenta de que yo no quiero leer las bases y condiciones. Yo quiero hacer, crear. Yo quiero dibujar, pintar, hacer manualidades, videos divertidos y contagiosos, bailar, cocinar dulce, y especialmente cantar.

Este es mi séptimo año en la UCA, pasando por distintos ambientes. Pero nunca me dejaron pisar el que más quería con o sin saberlo.

Yo vi el paseo del bajo construirse, vi también cómo pasaban los slogans de “UCA es para vos” a “UCA, tu casa de estudios” y “UCA, de las raíces a los frutos”. Quisiera creer que la UCA es lo que verdaderamente dicen sus órganos (teoría de Kelsen sobre las personas jurídicas privadas? Hey, recuerdo muchas cosas de mi antigua carrera!). Que verdaderamente sea lo que yo compré. La UCA es en sí una muy buena idea: enseñar a los jóvenes que su profesión puede ser la vocación que Dios les dio, que la lleven a cabo para el bien de los demás… Pero creo que la UCA es sólo una idea, que no todos sus miembros se esfuerzan en desarrollar. El ejemplo es algo importante, la humildad, la coherencia de vida, la integración, la bondad, la humanidad (pero no la que te motiva a actuar mundanamente, sino la que te mueve a vivir como Dios soñó que sería lo característico en el ser humano). Y esas cosas, no siempre las hallé ahí. Me he decepcionado de personas, y otras me han sorprendido por haberlas juzgado mal. Yo sigo amando a la UCA por lo mismo que era hace siete años: como ideal. Porque como ideal, es algo muy bueno, pero difícil de llevar. Quizás sea preferible ser más pequeño, porque el mejoramiento del mundo comienza en pequeñas fracciones de terreno. Nadie puede abarcarlo todo. O quizás, sea mejor la honestidad, de no ponerse una etiqueta dorada cuando después se tienen actitudes de cualquier otro color. Al menos así se abre la posibilidad de error y, por eso, de humanidad.

Todavía puedo tatuarme (y quiero) el número de mi primer aula en la universidad. ¿Por qué? Porque es una marca en mi vida que distingue el antes del después. Yo entré a ese aula con 18 años y salí con 19. Vi la vida cambiar y crecer.  Siempre, pero siempre, desde muy chiquita, me sorprendió y especialmente asustó el transcurso del tiempo. Temía mucho crecer. Y hace algún tiempo, de una manera diferente volví a ese viejo temor. Pero también siempre me emocionó e inspiró. Creo que nací para observar a la vida y a las personas, y mi vida universitaria no fue ni es en vano. Tenía que vivir experiencias. No experienciA, sino experienciaS, y no es lo mismo. Tenía que vivir, reír, llorar, gritar, sufrir en carne propia todo lo que pudiera. Porque me encanta aprender, pero de observar la vida (y las personas) más que de un libro. Me encantan las historias, no la Historia.

Ahora podré escribirlas, y cantarlas. Pintarlas, dibujarlas, estamparlas… Hay mil técnicas y áreas de arte y no creo que haya alguna que me disguste.

¿Por qué llegó un punto de mi niñez en el que decidí (sin darme cuenta) que mi sueño vocacional era algo imposible para mí, destinado sólo a unos pocos privilegiados? Si ahora sé que poder expresarse artísticamente en el trabajo no es un privilegio sólo para algunos. Es para aquéllos que lo sienten en su corazón y que siempre lo sintieron: su vocación.

Pero para poder ejercer mi arte, necesito mi tiempo completo, sin estar desarrollando al mismo tiempo un plan B. Sé bien que es un gigantesco riesgo, y tal vez jamás logre nada de lo que me proponga, pero no importa, porque lo habré intentado. Y cuando en varios años mire hacia atrás en mi vida, no preguntaré “¿qué podría haber sido si lo intentaba?”.

Tengo un camino larguito si miro para atrás: 24 años completos y uno llegando a su culmen. Y si miro hacia adelante… qué emoción! Tengo tanto por vivir, crecer y aprender! Y elijo arriesgarme, aunque no pueda nunca llevar a cabo las tantas cosas que en mi vida me propuse (por ejemplo, enseñar?). Pero si soy como digo, una hojita al viento (qué dejá-vu de un cuento de mi primaria), la vida y Dios se encargarán de llevarme a donde yo deba y por donde yo deba… No “como debió ser desde un principio”, sino como es la hora de que sea. Quizás por otros caminos llegue a esos destinos, o tal vez a los que ahora busco, o a mejores. Mi trabajo es confiar. Y todo fluirá. Mariana de hace siete años, planificadora al 100, ¿no creo que me reconozcas o sí?

Ya no me asusta decirlo porque varias personas me ayudan con sus testimonios: el padre de Freud le había aconsejado a su hijo que estudiase lo que era su vocación y que no diera demasiada atención a lo económico (me sorprende y admiro esa forma de ser en un adulto). Mi psiquiatra dice que, aunque estudie una carrera que habitualmente trae mucha plata, si no es mi vocación, la plata no va a llegar. Tini contó que su papá la tranquilizaba en su época de colegio diciéndole que algunos habían nacido para algunas cosas y otros, para otras (por cierto, luego volví a escuchar esa frase en una serie!). Quizás mi antigua amiga tenía razón, eh? Pero para bien, aunque no fuera esa su intención.  Hace poco, mi mamá notó que no me encontraba convencida con la carrera y comentó que quizás lo mío sería algo más artístico… Que lo dijera ella me facilitó, no el decidirme, sino el poder contárselo a ella después.

Hoy en día, soy una persona distinta. Ya no temo a la enormidad y super-población del mundo en el que vivo. Y me gusta no ser el centro de éste, sino sólo el de mi pequeña historia. Cada uno tiene la suya, y todos podemos ser personajes de las historias de los demás. Ahora veo que no tengo por qué hacerlo todo yo. Son cosas básicas para el sentido común, pero no para la mente (creo que la mente no sabe de sentido común). Puedo nutrirme de las vocaciones de los demás. Quien sepa Historia podrá enseñarme algo de ella para que no me vaya de este mundo sin poder explicar bien las guerras mundiales o la Revolución de Mayo. Cada uno desde su óptica y su opinión. Y cada uno (y yo) podrá evaluar qué cree mejor.

Quien sepa de Psiquiatría podrá darme algún dato curioso al respecto.

Quizás un periodista pueda darme consejos sobre cómo escribir y aportar algo para mi hobbie.

Nunca me gustaron los debates. Pero este último año aprendí con mis nuevas amigas que se puede hablar tranquilamente. Cada una tiene derecho de pensar como quiera. Y me divierten mucho esas conversaciones. Porque cada una dice lo que piensa, pero no busca convencer a las demás, sino sólo aportar lo que quiere aportar y decir por qué ese es su pensar y su sentir. Me alegra sentir cada vez menos timidez al expresar mis ideas, sentimientos y pensamientos en un círculo de amigas!!!! Gracias, chicas!!!!

Me siento una persona mucho más inclusiva en este momento. Y, ahora que lo pienso, en gran parte fue el mundo de la Psicopedagogía y de la Psicología el que me enseñó eso…  Wow, ¿ven cómo Dios y la vida nunca se equivocan? Si no pasaba por esas aulas… capaz nunca profundizaba en eso.

Me gusta pensar que Dios hace las cosas y a la Historia de tal manera que, aunque el mal quiera retorcer algo, Dios sabe tomar un camino que lo vuelve a enderezar y hasta hace que esa torcedura sea fructífera (nunca me había salido expresarlo en palabras, pero es como hacerle pitocatalán al mal).

Y me gusta el mundo en el que vivo. ¡Y amo mi vida! Pensaba escribirlo cuando empecé a escribir este texto hace días y después me olvidé de agregarlo. Pero de nuevo me surge naturalmente decirlo: ¡amo mi vida!

Necesito ponerme en acción. ¿De qué seré capaz con mi arte? Pintura, escritura, fotografía, canto, baile, lettering, manualidades, dibujo… ¿qué será lo mío? Hay que seguir buscando. La vida es una búsqueda constante quizás, no?

 

“No, seré yo quien decida quién voy a ser. Y me convertiré en lo que estaba destinado: un intérprete que da a su público lo que desea… tocar el Cielo”.

“Ser el artista de la propia vida”, decía Adler.

Dios los bendiga!

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